Hay
soledades y soledades. Hay soledades que nos aíslan y vuelven insensibles…. Hay
soledades angustiantes; otras, incluso terroríficas. Hay soledades que son indispensables para
descubrirse y amar, para encontrarse consigo mismo y con los demás. Hay soledades plenas de luminosidad, de
riqueza interior, de mística, de recogimiento, acogimiento y sobrecogimiento...
¿Cuán solos o solas se han sentido? ¿Han sido soledades amadas o temidas;
soledades buscadas o evadidas? ¿Y, contrariamente, han sentido la necesidad de
estar solos, sin encontrar un lugar y un tiempo para ello? ¿Qué situaciones de
soledad han vivenciado y desde qué nivel de ser: físico, psicológico,
espiritual? Estar solos, sentirse solos, ser solos: tres formas distintas de vincularse con la soledad…
1.
Soledad física: Primero, y
partiendo desde lo más simple- por comparación con lo más complejo; ya que nada
en el ser humano es simple- nos encontramos con una soledad fácilmente
constatable, a la cual llamaremos, para
facilitar nuestra reflexión y sin hacernos mayores problemas, “soledad física”. A esta soledad se refiere el niño cuando
reclama: “no quiero estar solo; no
me dejen solo” o “no estoy solo; estoy con mi mamá, con la nana, la tía,
etc.”. Es ésta una soledad que se mueve
a niveles del estar: Estoy solo-a; no
estoy solo-a. Para terminar con esta
soledad, es cuestión de conseguir que alguien- a veces, cualquiera- esté junto
a nosotros. En otras ocasiones, para no
estar solos, simplemente, nos introducirnos en la muchedumbre… A menudo observo
a un hombre que deambula solo por el mall de 15 Norte; debe tener unos 65 a 70
años; viste bien, rasurado, buen corte de pelo; se nota que es una persona que
no tiene problemas económicos. No mira
nada, cabizbajo sólo camina con la vista hacia el suelo; a veces se sienta y
pide algo de comer; entonces, mira como buscando a quien invitar… Un día me di
cuenta que se sentía mal; se tomaba la cabeza y apoyaba en la pared; le pregunté en qué le podía ayudar; explicó
que sufría de alzas de presión desde que su mujer había muerto, hacía algo más
de 3 años y no tenía a ningún otro familiar en Chile; pero no quería abandonar
el país pues aunque ambos tenían un origen extranjero, se habían enamorado de
Chile y aquí estaban todos sus recuerdos; además, no habían tenido hijos… Pedí
en el mall la asistencia médica para él: lo
atendieron pero me explicaron que ya lo conocían y que ello pasaba a
menudo; pues era su forma de llamar la atención y encontrar con quién conversar….
Cada vez que veo este señor, pienso en cuántas personas están solas y se
sienten solas. Este señor está solo y no
soporta esa soledad; por ello acude a lugares donde siempre hay mucha gente… No
quiere estar solo y tampoco sabe estar consigo o con otros pero en forma
auténtica. ¿Acaso no tiene amistades
comunes al matrimonio o forja ahora algún vínculo en relación con su vocación
profesional, social, religiosa, artística? Es importante consideremos, en este
tipo de soledad que hemos llamado soledad física, algunas situaciones:
Una de las mayores preocupaciones de los
padres, en la medida que el hijo es un crío, es decir, que no es autónomo; sino
dependiente, pues sin la supervisión y ayuda de un mayor, su subsistencia
correría peligro, es procurar alguien esté junto a él para satisfacer sus
necesidades de alimentación, nutrición, limpieza, resguardo de los peligros y, si
es posible, lo entretengan y enseñen algo:
una nana, un jardín infantil, un pariente o vecina muchas veces son
requeridos o contratados: Lo importante para los padres, en general, es que “el
niño-a no esté solo-a”. Así, tenemos que
el ser humano, desde muy temprana edad, empieza a tener la experiencia de
sentir que tiene alrededor suyo muchas personas que satisfacen sus necesidades de
subsistencia y de entretención; pero nada más… Y el niño de meses o de pocos
años, rodeado de “tías”, otros niños, juguetes y estímulos, a pesar de todo
ello, hay momentos que –en una especie de letanía, llora llamando a “su mamá, papá o tata…”,
hasta quedarse dormido... Por la misma
razón, más adelante, ya convertido en adolescente, joven, adulto o anciano, lo
encontramos huyendo de la soledad y, para ello, internándose en fiestas que
nada celebran, pues sólo buscan los juguetes de antes que, desgraciadamente,
ahora son alcohol o drogas, espectáculos grotescos, el ruido ensordecedor,
parpadear de luces, humo o el riesgo de la velocidad. La
compañía se comercializa; se vende y se compra… porque se sabe que el
hombre de hoy – niño, joven, adulto, anciano- no quiere estar solo. ¿A qué teme el hombre que no quiere estar
solo?
2. Soledad afectiva o del alma: Pero dejemos esta soledad y caminemos hacia una soledad más compleja
aún; hacia aquella soledad afectiva que se expresa en el “Me siento solo-a” El niño, aunque con compañía eficiente desde el
punto de vista de la satisfacción de sus necesidades psicobiológicas y sociales
– niños de su misma edad, educadoras de párvulos que los tratan bien y enseñan,
juegos, alimento, higiene- se siente solo; igualmente el hombre de multitudes,
amores negociados, diversiones… ¿Porqué? Porque no es la soledad física la que
más duele al ser humano; sino el sentirse solo: el sentimiento de soledad que, a su vez, puede ser de diversa
índole:
2.1
El echar de menos o la nostalgia: Se trata aquí de una soledad con nombre y apellido. El niño no está solo, porque está rodeado
de personas; pero en su alma está el
vacío de su mamá y ese es el vacío por el cual llora: la echa de menos y
por ello en esos instantes no quiere a nadie más. Es el sentirse solo de…. Es la nostalgia
de…
Siempre recuerdo el caso
relatado por un médico psiquiatra: Su hija nació con el corazón de gran tamaño;
no viviría más allá de los 5 años a menos que se le operara, con un riesgo de
muerte del 80 %. Los padres intentaban
demorar la decisión pero un día, cercano a los cuatro años de la niña; hubo que
decidir, pues se agravó y ya no había más opción: Fue una operación muy difícil,
tuvieron que dejarla en un coma inducido del cual no sabían cuándo saldría, si
lo llegaba a hacer. Ambos padres no
podían estar siempre al lado de la niña; pues requerían ellos mismos ir por
remedios u otros especiales y atender a los otros hijos, también de corta edad,
muy angustiados por su pequeña hermana.
Decidieron madre y padre turnarse para estar junto a la niña quien
además estaba conectada a diversas máquinas y tubos que le impedían moverse y,
cuando volviera en sí, emitir algún sonido…De pronto, al cuarto o quinto día
posterior a la operación, abrió sus ojos que se quedaron fijos en su
padre. El padre emocionado se acercó
para tranquilizarla pero la niña, haciendo un esfuerzo que médicamente era
imposible emitió un sonido gutural: Mamá… El padre, le acarició la cabeza y
explicó “Mamá está por llegar fue a buscar algo para ti; no se ha movido de tu
lado; ya viene…” La niña insistió: “Mamá… Tú no… malo” El padre no pudo evitar llorar… Las primeras
frases de su hija que volvía a la vida lo echaban de ella…. Siempre la había
considerado su regalona Luego, pasada la emoción, lo entendió… La hija clamaba
la protección tenida en el útero materno; cuando se inició a la vida, en un
vínculo inigualable con la madre y éste era un nuevo nacer a la vida y muy
extremo...
Por supuesto, quien ha perdido
la sensibilidad y cae en la indiferencia, o será capaz de crear vínculos con
nada ni nadie; tampoco sabrá de la nostalgia de su pueblo, casa o escuela
o de echar de menos a un ser amado. Será insensible al dolor de los demás; no
entendiendo esta soledad. Por ello entendí muy bien a los habitantes de Chaitén
cuando a raíz del terremoto de años pasados y riesgos futuros, se les dijo que
no se volvería a habitar Chaitén: estaban desolados… Les ofrecían otros lugares
para recuperarse económicamente; pero los vínculos, los recuerdos, no son
comprables ni canjeables.
2.2
El abandono: Distinta es la
soledad que siente quien esperaba contar
con alguien y, llegado el
momento, éste le abandona. El
abandono de los padres no necesariamente implica lejanía física: es más; se
siente mayormente cuando estando físicamente presentes, no los consideran, no
les dan afecto, no les escuchan, cuidan… Aquí, el abandono es negligencia,
descuido, desprotección, desatención en todo ámbito: higiene, alimento,
vestuario, afecto, educación…. Lo mismo, en el abandono de la pareja, con quien
se creía haber forjado un vínculo o con quien se creía amigo, etc.
2.3
El aislamiento: Es la
soledad que siente quien se siente socialmente rechazado, no considerado, en dos
sentidos:
a) No sentirse significativo: Somos
seres significativos para el Universo, para el mundo; puesto que somos únicos e
irreemplazables: no existe, ha existido ni existirá alguien como tú o como yo.
Por lo mismo, la persona necesita ser considerada, valorada, respetada. Necesita sentir que su aporte a este mundo,
sea limpiar sus calles o una herida; enseñar a escribir o a descubrir las
galaxias, merece ser reconocido. Y es
verdad, no podrían existir médicos, arquitectos ni poetas, si no existiera un
limpiador de calles o hacedor de zapatos.
Pero el ser humano, al perder la sensibilidad, ha dejado de lado la
gratitud, la consideración. Este
sentirse aislado implica un sentirse intrascendente para los demás y, por lo
tanto, sentir que su vida y esfuerzos no tienen
mayor sentido ni valor. Este
aislamiento, se vuelve en un auto-aislarse, un alejarse de los demás, con la
consiguiente sensación de fracaso, baja autoestima. En los jóvenes influye de tal modo, que lo que es propio del carácter conflictivo de
la adolescencia, debido a la inseguridad natural de esa etapa, se profundiza y
prolonga en edades adultas. Junto a ello cunde el desánimo, marginación y, al
no sentirse representados socialmente, sobreviene la agresión y hostilidad
contra “los otros”. Para hacerse
sentir, estos jóvenes absolutamente desorientados, con la falta de experiencia
de vida (propio de lo poco vivido), con la falta de guías creíbles y, al mismo
tiempo, con manipuladores siempre cercanos; pues saben que son de fácil engaño,
debido a un “idealismo ingenuo”, terminan de hundirse en el anonimato de las
masas juveniles, manejadas, precisamente, por “los otros”. Así, es propio que presenten una falta de
concordancia entre lo que dicen y sus acciones; entre las normas, lo privado y
lo público.
El hombre se siente solo cuando
sus iniciativas no son consideradas, cuando para nadie es importante su
presencia real, su pensar, sentir; cuando a lo más pasa a ser un objeto más
entre cientos o miles, cuando no interesa su nombre. Cada vez son más las personas que nunca se
han sentido valoradas, que nunca han sentido que son irreemplazables para
alguien; se han sentido un solo un número más; simples instrumentos o molestias
anónimas, sin rostro. Por ello les es
fácil renunciar a la identidad y disolverse en diversos colectivismos: decir,
vestir, pensar, cree y hacer lo mismo.
b) No sentirse representados: Obviamente,
sienten a los demás ajenos, inauténticos, no confiables y, por lo mismo, no
representativos de ellos; el problema es que –por ser jóvenes, no han acumulado
las experiencias de vida desde las cuales se extrae la sabiduría de vida que no
se encuentra en los libros porque es biográfica; autobiográfica. Neruda en “Walking
Around”
-
Sucede que me canso
de ser hombre.
-
Sucede que entro en
las sastrerías y en los cines
-
marchito,
impenetrable, como un cisne de fieltro
-
Navegando en un
agua de origen y ceniza.
-
El olor de las
peluquerías me hace llorar a gritos.
-
Sólo quiero un
descanso de piedras o de lana,
-
sólo quiero no ver
establecimientos ni jardines,
-
ni mercaderías, ni
anteojos, ni ascensores.
-
Sucede que me canso
de mis pies y mis uñas
-
y mi pelo y mi
sombra.
-
Sucede que me canso
de ser hombre.
-
Sin embargo sería
delicioso
-
asustar a un
notario con un lirio cortado
-
dar muerte a una
monja con un golpe de oreja.
-
Sería bello
-
ir por las calles
con un cuchillo verde
-
y dando gritos
hasta morir de frío
-
No quiero seguir
siendo raíz en las tinieblas,
-
vacilante,
extendido, tiritando de sueño,
-
hacia abajo, en las
tapias mojadas de la tierra,
-
absorbiendo y
pensando, comiendo cada día.
-
No quiero para mí
tantas desgracias.
-
No quiero continuar
de raíz y de tumba,
-
de subterráneo
solo, de bodega con muertos
-
ateridos, muriéndome
de pena.
-
Por eso el día
lunes arde como el petróleo
-
cuando me ve llegar
con mi cara de cárcel,
-
y aúlla en su
transcurso como una rueda herida,
-
y da pasos de
sangre caliente hacia la noche.
-
Y me empuja a
ciertos rincones, a ciertas casas húmedas,
-
a hospitales donde
los huesos salen por la ventana,
-
a ciertas
zapaterías con olor a vinagre,
-
a calles espantosas
como grietas.
-
Hay pájaros de
color de azufre y horribles intestinos
-
colgando de las
puertas de las casas que odio,
-
hay dentaduras
olvidadas en una cafetera,
-
hay espejos
-
que debieran haber
llorado de vergüenza y espanto,
-
hay paraguas en
todas partes, y venenos, y ombligos.
-
Yo paseo con calma,
con ojos, con zapatos,
-
con furia, con
olvido,
-
paso, cruzo
oficinas y tiendas de ortopedia,
-
y patios donde hay
ropas colgadas de un alambre:
-
calzoncillos,
toallas y camisas que lloran
-
lentas lágrimas
sucias.
Desesperanza, no confianza en
los demás ni en sí mismoS; pues, en lo más íntimo, saben que están confundidos,
unidos a la fuerza e ímpetu propios de la juventud, dan lugar a un derroche de energías vacías de
ser, por lo mismo, inauténticas, destructivas sí y de todo.
2.4 Soledad de desencuentro: “En medio de las mayores orgías, en medio de las
más bellas mujeres, yo siento por entero mi soledad. Y veo en los rostros de los hombres que con
ellas danzan, que ellos también sienten su soledad. Pero yo he sabido conservar mi juventud
espiritual dentro de mi vida austera, en cambio, ellos que han querido emborrachar sus soledades, han perdido todo
vestigio de juventud y me miran llenos de nostalgia y ansiedad, como lo
camellos miran el oasis tras un largo andar.” (Vicente Huidobro en su reflexión
“Al amigo solitario”) El encuentro sólo
se puede dar entre almas que tienen capacidad de diálogo, fuerza expresiva, que
son capaces de captar el valor que trasciende una mirada de los seres como
meros objetos. Sucede que existen vidas
paralelas entre las cuales no hay
ninguna posibilidad de encuentro, de diálogo. Están aquellos que se mueven a nivel del
tener y quienes se mueven a nivel del ser.
Los primeros tienen por finalidad tener
cada vez más: tener más reconocimiento social y económico, tener más
poder. Los segundos, tienen como
finalidad ser mejores para hacer del
mundo algo mejor, aunque sea a costa de muchos sacrificios en el orden del
tener. Imaginen un matrimonio donde ella
llega a casa …Muy emocionada, cuenta al esposo que la causa de su alegría es
que, después de muchos esfuerzos, logró que el alumno x entendiera una materia
o logró que confiara en ella para ayudarlo a mejorar su autoestima… El marido
la mira y pregunta “¿Y vale la pena todo ese esfuerzo, acaso te van a pagar
más?” Al mismo tiempo, cuenta a su
esposa que él, en cambio, ha logrado su mayor anhelo: Cambiar el auto actual
por un último modelo espectacular, de tal modo será la envidia de sus
compañeros… La esposa lo mira y trata de expresar alegría; además, se obliga a
ser amable y felicitarlo (inautenticidad) Es evidente, entre ellos no hay
posibilidad de diálogo, de encuentro.
Estar al lado de quienes viven en ámbitos paralelos, nos hace sentirnos
solos, desvinculados, sin posibilidad de encuentro: el aburrimiento, hastío se
hace presente. Unos al lado de los otros
–sólo vecinos- pero sintiéndose
tremendamente solos; por ello, muchos caen en lo que expresa Huidobro:
“Emborrachan sus soledades”; lo que es otra forma de huir. Para que haya
encuentro, se requiere de dos realidades que superen la mirada del otro como
cosa, medio, objeto mensurable, delimitable, asible.
3.
Soledad esencial o soledad ontológica. Es la soledad de la intimidad
y del ser “uno”, esto es, únicos. Es la soledad que expresa nuestra dignidad de
ser; implica autonomía, auto-posesión. No se trata
de un sentirse solo o estar solos sino de ser solos, por lo tanto, no es un estado de soledad del cual se
pueda salir o que puede variar, de tal modo decir: Ahora no soy solo. En cuanto somos únicos, íntimos, irrepetibles
y, por ello, irremplazables en el Universo, tampoco somos numerables, a menos
que de cada uno de nosotros se diga “uno”. No existe la especie “yo”; pues
siendo ambos personas; cada uno es una forma única de ser persona. No numerables; sólo somos nombrables. Nuestra soledad de ser, asegura nuestra
libertad de ser y una intimidad no cerrada sino trascendente, que, por lo
mismo, es capaz de acoger en sí misma al otro personal, a la naturaleza, a
Dios. Acogido el amado en nuestra
intimidad, nos ensimismamos para amarlo, analizar nuestra propias vivencias y
el sentido que tiene en nuestra existencia y en la de los demás. Así, mientras para algunos la mujer que yace
atropellada en el suelo, esperando la ambulancia, es sólo un conjunto de datos
(sexo, nombre, edad, presión, etc.); para otros es mucho más… El invierno pasado, a eso de las 20 horas, un
bus atropelló a una mujer de unos 57 años, frente a nuestra Universidad; al
lado de ella, la cartera y una bolsa con pan y algo más… Pensé ¿la estarán
esperando? ¿Qué sucederá cuando pasen las horas y no llegue…? ¿Y si la espera el esposo y es mayor; o la
espera el nieto al que cuida....? Y ella, cuando vuelva en sí…. ¿Cuáles serán
sus preocupaciones? ¿Cuál es su mundo y, en él, qué implica este atropello y
las consecuencias del mismo? Son los
requisitos del encuentro… un entendimiento creativo, sensible, indagador de
realidades que no son visibles sino amables y entendibles; pues lo esencial no
es visible a los ojos.
Ser creativo implica descubrir y valorar las posibilidades que me
ofrece una realidad, de acuerdo con su valor de ser y situación en que se encuentra. Ello implica no distanciarme pero tampoco
fusionarme con la realidad, sino respetarla para admirarla y acoger su
verdadero ser y valor: requiere de una sensibilidad que exige actuemos desde
nuestro ser esencial. Vamos a imaginar 3 casos:
Caso 1: Juan y Ana son un matrimonio. Juan avisa a Ana: “Hoy saldré del
trabajo más temprano: Espérame a eso de las 21.00 horas” Ana no tiene capacidad de encuentro; mira el reloj: tiene 3 horas de espera; se pregunta qué hace
mientras tanto…. Adelanta trabajo para el día siguiente; sale rápidamente a
comprar; se sienta a ver televisión y, como todos los días, pone la mesa para
comer; pues Juan y ella tendrán hambre.
Ana entiende el esperar como esperar que pase el tiempo cronológico y a
Juan lo aprehende como el hombre que después del trabajo llega con hambre y
cansado; por lo cual esa debe ser su preocupación para con él y para con ella
misma. Ana tiene una visión objetual
(como objeto) de ella y de Juan, sólo logra una relación objetiva:
estímulo-respuesta, necesidad-satisfacción.
Se mueve no en el ámbito del amor sino del querer. Es lejana a su ser esencial y al de Juan; no
tiene iniciativa, no tiene creatividad.
Sólo piensa que así podrán dormirse antes y descansar.
Caso 2: Carlos y María son un matrimonio. Carlos avisa a María: “Hoy saldré
del trabajo más temprano: Espérame a eso de las 21.00 horas” María tampoco tiene capacidad de encuentro;
al igual que Ana, se mueve en el ámbito objetual pero es lejana a su ser
esencial y al de Carlos porque es dominante, subyuga a Carlos; sólo piensa en
sus propias necesidades. Sin preguntar
más, dice a Carlos: ¡Qué bueno, entonces te espero lista para que visitemos a
mi hermana; aprovechas de preguntarle a su marido dónde contrató el servicio
para ponerle soporte al televisor.
Antes, pasa a “X” lugar y compras una botella de vino, otra de pisco, un
pollo preparado y algo para agregarle; tenemos que llevar algo para
entretenernos porque ustedes son muy aburridos.
Yo alcanzo a ir a la peluquería; si llegas antes, me esperas. Descansa
un rato y saca al perro. Este es un caso de “ahogo” de la otra persona, de no
consideración, no valoración, de fusión.
Caso 3: Gabriel y Javiera son un matrimonio. Gabriel avisa a Javiera: “Hoy saldré del trabajo
más temprano: Espérame a eso de las 21.00 horas” Javiera tiene capacidad de encuentro. Javiera se alegra y piensa qué puedo hacer:
Tendremos tres horas más que lo habitual para compartir. La voz de Gabriel sonaba alegre,
descansada. Rápidamente mira la casa
para ver cómo hermosearla: Una flores; la música que a ambos trae recuerdos
estará lista. Las pantuflas de él, su bata… sobre la cama. El perro hay que sacarlo a pasear de
inmediato e ir hasta la esquina para comprar algo especial… unas aceitunas,
unas papitas saladas y un postre helado, más un vino añejo para hacer un
brindis: Está emocionada; desea agradecer
de esa forma todas las atenciones y esfuerzo de Gabriel para con ella,
los suyos y la construcción de ese hogar… Ahora el tiempo justo para arreglarse
ella; quiere verse hermosa, especial… Javiera y Gabriel saben que esperar no es
dejar pasar el tiempo sino crear un ámbito de espera. Gabriel llega a casa con una caja de bombones
para Javiera y una flor que cortó en el camino porque sabe que ella guardará uno
de sus pétalos y le pondrá la fecha de ese día.
En el caso 1 y 2 no hay
capacidad de encuentro sino vecindad y distanciamiento del ser esencial: en el
caso uno hay indiferencia y distanciamiento; en el dos, hay fusión y búsqueda
de externos –la comida y el vino- para fusionarse y divertirse. En el caso tres, hay encuentro, cordialidad,
celebración, conocerse, respetarse, colaboración, gratitud: sensibilidad y
valores que son expresión del amor que siente quien vive desde el ser esencial.
Esta soledad que implica ensimismamiento,
identidad, actuar desde sí, autenticidad, exige de la sensibilidad para
captarse como único, como realidad personal y acoger a los demás del mismo
modo. Ello implica pasar etapas, vivir
experiencias que posibiliten la toma de conciencia de lo que implica ser
personas, ser íntimos (el hecho de que nadie puede sentir por ti tu dolor o
alegría, nadie puede existir tu existencia), tener privacidad (educar el pudor
para tomar conciencia de qué es lo público y qué es lo que se comparte no con
todos sino con la familia, los amigos, la pareja… Aprender a ensimismarse, a pensar y amar al
otro; aprender a responsabilizarse y comprometerse, en la misma medida que nos
vamos independizando; aprender a respetar, a ser agradecidos. La educación de la sensibilidad exige educar
en valores y educar en valores exige educar la sensibilidad. Ambas cuestiones deben procurarse
simultáneamente.
Necesidad de soledad: Requerimos de la soledad y del silencio para
ensimismarnos, para descubrirnos y descubrir el valor de aquello y aquellos con
quienes vamos construyendo nuestra propia historia de vida: En realidad cuando
estamos a solas con nosotros mismos o, en el caso del creyente en dios, con
Él, se está solo pero sin sentirse solo.
El peligro es que quien conoce esta
soledad, después de una vida social vacía, no la considere como una forma de
encuentro consigo y con los demás, para luego dar de sí mejor; sino se regocije
en ella, prolongando la conversación consigo mismo y cayendo en una neurosis o
solipsismo. Lo importante es la
reflexión sobre sí para comprender cuáles han sido nuestros errores y
enmendarlos y no para exaltarlos, de tal modo que alimentemos la debilidad
propia y la de los demás, sin ver la bondad, la belleza, la veracidad. El hombre se ensimisma para volver más
enriquecido y amar con mayor sabiduría; no para encerrarse en un aislamiento
total o resignarse a llevar una vida de relaciones superficiales, que no le
comprometan y, por lo mismo, le eviten todo sufrimiento. El ensimismamiento es la reflexión tranquila
que aprende a valorar, de tal forma se oriente la sensibilidad hacia lo
valioso, distinguiendo, entonces, sensibilidad de emocionalismo en el cual caen
personas que confunden sensaciones o emociones con el amor.
Sensibilidad para detenernos y
dedicarnos a lo valioso y valores claros para remediar o sanar las heridas, las
confusiones. Ensimismarnos para saber quiénes somos y cómo acogemos a los demás
en nuestras rutas de encuentros y desencuentros. Existir, actuar desde el
corazón, con afán de bondad, belleza y verdad; pues esos son los valores que
deben despertar y guiar a nuestra sensibilidad.
05. EDUCAR LA SOLEDAD